domingo, 19 de agosto de 2012

Con la D de Discordia


Cerró la puerta de golpe. Enojada. Rabiosa. El corazón le latía muy por encima de lo normal y de lo considerado clínicamente aceptable para sobrevivir unos cuantos años más. Se llevó las manos a la cara, en un intento de cegar la realidad. Pero ésta permanecía allí. Justo detrás de esa puerta que ahora aguantaba el peso de su pequeño y tembloroso cuerpo.

Él se quedó un momento de pie, tratando de asimilar todo lo que había ocurrido en ese apartamento que ambos habían alquilado cuatro años y medio atrás. Cogió el tabaco del bolsillo de la chaqueta mientras volvía a encontrarse con el silencio después de aquel sonoro portazo. Buscó el mechero y encendió un cigarrillo. Dio una larga calada. Dejó salir el humo lentamente por su boca, capaz ésta de lanzar los improperios más inverosímiles según acaba de comprobar. ¿Cómo habían llegado a ese infierno?

Las lágrimas resbalaban decididas por su cara y caían sobre el suelo frío del rellano, formando un pequeño charco de desavenencias y desilusión. Seguía agarrada al pomo metálico, incapaz de asimilar tanta diferencia enquistada por los años. Nunca antes había visto esa rabia en sus ojos, unos ojos marrón avellana, grandes y redondos, que le habían hecho suspirar en más de una ocasión.

Salió al exterior. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. No sabía lo que realmente necesitaba. Recorrió el balcón varias veces, arriba y abajo, como enjaulado, desorientado en esos ocho metros cuadrados. Finalmente apoyó sus manos en la barandilla metálica. Sintió el helor del metal y los primeros copos de nieve se fueron depositando sobre su piel aún tostada por ese último viaje; una última carta que habían querido jugar, pero que ya presagiaba esa desunión. Miró su muñeca, que aun conservaba la pulsera verde del 'todo incluido'. Todo no había sido suficiente.

La bolsa permanecía a sus pies. La cremallera, mal cerrada por las prisas y el descontrol, dejaba entrever parte de una vida ahora dividida. ¿En qué lugar quedaban ellos entre tanto reproche? Se habían atizado como nunca. Verbalmente. Como si hubieran dejado salir una habilidad innata pero desconocida, capaz de herir de una forma brutal y casi deshumanizada. Dudó si llevarse o no todo aquel lastre con ella.

Se sentía cansado y mareado. Nevaba ya con intensidad cuando la vio pasar. Reconoció su abrigo rojo de franela y ese pelo caoba en el que tantas veces se había zambullido. Le sobrevino el aroma que solía desprender y sintió como un escalofrío le recorría la espalda. Trató de tocar su melena con la mano, en la distancia, mientras ella desaparecía para siempre entre la nieve y el vapor que salía de las alcantarillas. Tras de si, dejó un halo de infelicidad que le invadió las entrañas.
ContinuaCon la C de Caperucita


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jueves, 2 de agosto de 2012

Con la V de Verano


Calor. Tomar el sol. Echarse una siesta entre sombrillas. Ensaladas, gazpachos y tortillas. Grillos y cigarras. Beber cerveza y darse duchas heladas. Cremas solares. Bañadores. Pescadito frito y ruido de ventiladores. Devorar libros en hamacas. Tomar el aperitivo en chanclas. Boquerones en vinagre. Mercadillos ambulantes. Uñas multicolores junto a puestos de melones. Levantarse tarde. Copas de vino. Chapuzones en el río. Atardeceres de girasoles. Camareros sirviendo platos de mejillones. Gafas de sol, gorras, bikinis y mini pantalones. Top less. Sombreros de paja. El suelo lleno de pinaza. Partidos de palas. Sardinas a la brasa. Piscinas con trampolines. Coco y jarras de limonada. El pelo mojado. Pijos en catamaranes. Sofritos de paella y platos de calamares. No tener prisa por acostarse. Sexo con extranjeros. Amores pasajeros. Fiestas populares, horchatas y granizados. Viajantes enamorados. Verbenas con  farolillos. Repelentes y velas antimosquitos. Tormentas de verano. Excursiones en barca.  Olas que te estallan en la cara. Cantimploras, hormigas, helados. Quinceañeros hormonados. Moscas. Cubos y palas. Pequeñas barcas amarradas. Chiringuitos con terraza. Sangría. Gajos de sandia. Nudistas satisfechos y aprendices de exhibicionista. Berberechos. Piscinas naturales. Niños surfeando sobre colchonetas hinchables. Noches calurosas llenas de picadas rabiosas. Campings con banderolas. Cámaras de fotos. Barbacoas con latas de coca cola. Ventanas abiertas que reciben música de orquesta. Paseos en bicicleta. Poner la toalla en una playa repleta. Cucuruchos y leche merengada. Viajar en auto caravana.  Las olas del mar. Arena en las manos. Puestas de sol. El tinto. De verano.


jueves, 19 de julio de 2012

Con la S de Saboteadores




No estamos solos. Y no estoy hablando de objetos voladores ni de personajes con dedos larguiruchos. Me refiero a otra casta. Seres despreciables, desafiantes y bastante noctámbulos. Unos parásitos tan inoportunos  como poco deseados. Los SABOTEADORES. Dicho así, hasta parece cómico. Podría tratarse de una serie de dibujos animados donde unos ratones con gabardina tratan de hacer la vida imposible a unos simpáticos felinos. Pero resulta que los gatitos duermen plácidamente en sus cestas mientras estos especimenes nos escogen al azar y se instalan en nuestras casas, en nuestros coches y, sobre todo ¡en nuestras camas! ¿Perdón? ¿He dado yo permiso para que nadie se meta en mi cama? Pues ahí están, chupando nuestra energía cual parásitos y taladrando a sus anchas con cualquiera de sus frases preferidas. ¡Hasta se han hecho varios grupos en Facebook!: 'Yo también se que NO PODRÁS', 'Eres guapa, si, pero de cara a la pared', 'Si dos más dos son cuatro, tu eres un cero a la izquierda' o 'Si no puedes diferenciar entre “A VER” y “HABER” mereces morir'. Hace una semana me envalentoné. Estaba demasiado habituada a escuchar y a dejarme manipular por mi saboteador particular. Pensé ¿por que no vernos? Uno frente al otro. Ponerle rostro de una vez. Parlamentar cara a cara. ¿Que digo parlamentar? Dejarle bien anclados los puntos sobre las íes. Al principio me puse muy nerviosa. Luego un poco más. ¿Como sería? ¿Qué le iba a decir? y lo más importante ¿qué me pondría para la cita? ¿Seductora a lo femme-fatale? ¿Debería llevar un látigo o una recortada? ¿Vestirme quizás como Lisbeth Salander para intimidar? Sin tener aún claro el atuendo, me armé de valor. Le dejé una nota encima de la almohada. 'Si tienes lo que hay que tener, nos vemos hoy en la cocina. A las 10pm'. Y me fui a trabajar más hinchada que un pavo real.  Os resumo más o menos como transcurrió el día: 9am. Me muerdo las uñas. 9.40 am. Me arrepiento. 11.25 am. Pienso en un discurso convincente encerrada en el baño. 12.09pm. Me arrepiento. 13.14pm. Practico unas patadas de karate mientras me como un sandwich en el parque. 13.17pm Miro desafiante a un par de niñatos que no paran de reírse de mi. 17pm. Sigo pensando en el modelo que me voy a poner. 17.15pm. No lo tengo nada claro. 19.07pm Me acabo de comprar un nuevo vestido. Negro. Neutro pero elegante. Antes muerta que sencilla. 20.10pm. Me doy una ducha. 20.45pm. Ceno algo. Tengo un nudo en el estómago. 21.35pm. Practico contorsionismo mientras trato de subir yo sola la cremallera del vestido. 22pm. Abro la puerta de la cocina. Ahí está. Es un ¡PRP!

No me lo podía creer. ¡Se trataba de un Pepero Repeinado Prepotente! ¿Así que ese era mi saboteador? Ni siquiera era muy alto y tenía de seductor lo mismo que Rajoy en bañador y calcetines. Por no hablar de ese pelo engominado y de una sonrisa más falsa que el propio Judas. ¿Entonces? ¿Por que narices me había dejado yo engatusar por un ser así? La repuesta la obtuve al instante y duró una hora de reloj, la misma que él usó para monologar sobre cómo anular al prójimo y no tener remordimientos de conciencia. Aguanté estoicamente, aunque la paciencia nunca ha sido uno de mis grandes dones. Cuando no pude más, me levanté y, mirándole a los ojos, le dije lo más claro que pude que una tiene un aguante, pero que el día que me cabreo, me transformo en humo negro y ¡no respondo! Reconozco que en mi afán por mantener la calma y la cordura no logré controlar el volumen de decibelios que salieron por mi boca. Fuera por lo que fuese mi pequeño engominado quedó fuera  de juego durante unos segundos y allí estaba yo, preparada para aprovechar ese momento de debilidad. Mentalmente, y sin despeinarme, levité al más puro estilo Matrix. Le asesté dos buenas patadas allá donde más duele y rematé con un codazo en la clavícula. Luego me transformé en Jackie Chan, trepé por las paredes y, dando un mortal hacia atrás, caí sobre sus hombros para dejarlo completamente noqueado. A la práctica, le espeté que no quería volver a encontrármelo por ahí. Que no había sitio para los dos (y menos cuando ya soy humo acalorado) y que yo misma le ayudaría a encontrar otro lugar para vivir. Tal fue mi determinación que no hubo lugar para réplicas. Y así lo hice. Le encontré un ático pequeño pero acogedor. Sin demasiadas vistas. 'Ideal Saboteadores' ponía el anuncio. Hace una semana que se mudó y nada más he sabido de él. Pero no soy ilusa. Otro Saboteador/a puede llegar en cualquier momento.  Estoy preparada. Tengo el vestido, la técnica y el discurso pero sobre todo tengo muchas más cajas que almacenar en el altillo.

Me llaman Humo. 

domingo, 8 de julio de 2012

Con la B de Belloza


El otro día me dijeron que todos llevamos una bellota en nuestro interior. Una bellota única y dispuesta a convertirse en el mejor de los robles si sabemos cuidarla adecuadamente. Todos los recursos para hacerla crecer residen en nuestro interior, y en nuestras manos está el hacer el mejor uso de ellos. Que cada bellota es única y que en esa exclusividad reside nuestro especial e irresistible poder de seducción. Reconozco que me quedé un tanto perpleja ante esta revelación ¿Seducir con una bellota? El mero hecho de juntar estas dos palabras me descolocó. Una bellota no brilla, no reluce, ¡no atrae las miradas! ¿Cómo demonios iba a seducir con una bellota? Si me hubieran dicho que todos tenemos un magnífico cristal de Swarovski le hubiera encontrado más sentido. ¿Pero una bellota? ¿La misma que trae loca a la ardilla de Ice Age? Nunca me he considerado una persona especialmente seductora. Yo creo que no tengo bellota - dije. Para ser sinceros, lo primero que me pasó por la mente fue que yo debía tener una pipa pequeña y que por eso no la encontraba. Lo segundo que a mi me gusta mucho el color naranja, así que yo prefería tener una pipa de calabaza en lugar de una dura bellota marrón. Lo tercero fue que quizás estaba perdiendo el norte entre tanto fruto. Me insistieron una vez más. Yo tenía una preciosa bellota dentro de mí y que me podía pasar toda la vida tratando de cambiar bellota por pipa pero que eso no me llevaría más  que a una lucha sin fin y a un desgaste energético que me iba a privar de toda felicidad. ¡Eso si que no! Si mi felicidad pasa por regar a una bellota, yo la riego como la que más. Pensé entonces en mi pobre bellota maltratada y abandonada durante tantos años  y en cómo serían las bellotas de Claudia Schiffer, de Cindy Crawford o de la mismísima Sara Carbonero. Ellas debían haber cultivado un magnífico roble desde hacía mucho tiempo. Sin embargo yo seguía algo reticente. A Paris Hilton fijo que le dieron Swarovski en lugar de bellota al nacer. Eso, o había sido suficientemente inteligente como para cultivar el mejor de los robles y cambiarlo luego de estraperlo por joyas y mansiones. Pero si bellota y seducción no me habían encajado en un inicio, Paris Hilton e inteligencia no lo harán nunca. Así que me fui camino a casa pensando en mi pequeño y recién encontrado fruto ¡que no era un fruto cualquiera! Era el fruto capaz de volver loco al mejor de los cerdos ibéricos. Y me sentí bien, fuerte y hasta un poquito seductora. Después de buscar cómo cultivar un roble en Internet y de enterarme entre otras cosas que a los pobres no les gustan los veranos demasiados secos ni los ambientes donde haya poca humedad, le proporcioné agua y tierra en abundancia. Nos fuimos a descansar las dos. Dormimos plácidamente, en mi caso, mejor que nunca.

A la mañana siguiente me miré al espejo y vi una gran BELLOZA en mi interior.





jueves, 14 de junio de 2012

Con la L de Lengua de Trapo (final)

Al principio me indigné muchísimo, luego también. Pero, pasadas unas horas, pensé que el perro debía ser incompatible con la criatura y tampoco era cuestión de echarlo a la calle. Así que aprendí a sobrellevarlo. Además, desde nuestra nueva ubicación, teníamos una visión privilegiada para curiosear sobre todo lo que acontecía en la planta baja. Yo pasaba las horas espiando a las nuevas vecinas, en parte para matar el rato y en parte para no tener que ver la sonrisa simplona en el rostro de Boby. Entre ellas tampoco se llevaban bien. Eso saltaba a la vista. El bebé daba un poco de pena. Nunca decía nada y siempre estaba solo. La madre andaba más preocupada en cambiarse de ropa y probarse unos nuevos tacones que en prepararle el biberón. La chiquilla, por su parte, era un tanto estrambótica. Tenía el pelo de color azul y casi siempre lo llevaba recogido en dos coletas. Un vestido brillante, excesivamente corto para su edad, y unas botas que le llegaban hasta las rodillas de unas piernas de adolescente anoréxica. Andaba todo el día con los cascos puestos, ignorando todo y a todos. Pese a eso, María se esforzaba en hacerlas sentir bien y, tal y como acostumbraba a hacerlo conmigo, les preparaba deliciosas infusiones, se ofrecía para peinarlas y se las llevaba de paseo. A veces cogían el coche rosa pero a menudo no y, en esas ocasiones, yo me veía más que tentada de sentarme al volante y seguirlas disimuladamente para ver hasta donde llegaban y lo que hacían. Pero al final nunca me atreví. Sus salidas se fueron distanciando en el tiempo, así que yo también me olvidé de mis ansias detectivescas. María seguía saliendo, pero ellas se quedaban en casa haciendo prácticamente nada.

Cual fue mi sorpresa, cuando un día subieron madre, hijo y niñata para quedarse. ¡No me lo podía creer! Ahora sí que íbamos a estar apretados. Boby contento, como siempre, exhibiendo lengua y sonrisa; pero yo poco más podía disimular. Los únicos momentos soportables eran los que empleábamos en acudir a clase. Bajábamos juntos y Maria destinaba su tiempo libre a enseñarnos cosas muy diversas. En ocasiones era un poco estricta con los ejercicios, pero en general estábamos todos satisfechos con las lecciones. El espacio y los recursos eran limitados; nos sentábamos como podíamos entre el suelo y la cama, y ella nos instruía haciendo uso de una pizarra no demasiado grande que se sostenía sobre un caballete bicolor.

Pero también estos momentos se fueron perdiendo, María andaba cada vez más ocupada y ya no podía prestarnos tanta atención. Se aficionó a la música y colgó en las paredes fotos y más fotos de gente desconocida que tocaba guitarras y agarraba micrófonos. Por aquel entonces María se reunía con sus amigas en casa; ponían música y se pintaban creyendo ser cantantes y bailarinas. Danzaban hasta caer extenuadas y les parecía la cosa más excitante del mundo. Yo seguía observando desde las alturas, incapaz de comprender tal divertimento. Y aún lo entendí menos cuando en lugar de reunirse, simplemente se llamaban por teléfono y se pasaban horas y horas hablando y haciendo planes para ir a tal o cual concierto. Si eso era algo tan maravilloso, ¿por qué no se dignó nunca a llevarme a alguno?

Durante una de mis tediosas jornadas de chismeo y observación me pude percatar de cómo sacaban por la puerta la mesa azul en la que tantas tardes habíamos apoyado nuestras tazas de porcelana. Y recordé con nostalgia las risas, las sesiones de peluquería y la complicidad que existió entre ella y yo. Se llevaron también la cama, y el armario de María que más de una pesadilla le había ocasionado; algunas noches, hace ya mucho tiempo, lo miraba y me contaba historias de monstruos que habitaban dentro de él. Según ella, eran peludos, malvados y se alimentaban de niños en la oscuridad. Entonces me abrazaba fuerte y cerraba los ojos hasta que caía dormida mientras escuchaba canciones entonadas por su madre.

Fue esta misma mujer la que un buen día subió a nuestro piso. Se quedó de pie delante de nosotros y, mirándonos fijamente a los ojos vociferó:

-¡María! Tenemos que sacar los pósters de la pared y la estantería que tienes encima de la cama para poder pintar tu habitación. ¿Qué quieres hacer con lo que tienes en ella?

-¡No lo sé! ¿Qué hay?

-¿Por qué no vienes y lo ves tú misma? ¡Estoy aquí subida en la escalera!

-¡Ahora no mamá! Que estoy jugando a la Wii.

-Hay una Barbie canguro con bebé incluido, la muñeca pelirroja que te regalaron al nacer, un perro de peluche que ahora no recuerdo de donde salió y la Winx Musa de pelo azul.

-¡Tíralos!- gritó María desde el comedor.

-Y con el coche de la Barbie que tanto te gustaba ¿qué hacemos?

-¡Tíralo también!

Creo que fue entonces cuando se me paró mi olvidado corazón de trapo.


domingo, 10 de junio de 2012

Con la L de Lengua de Trapo (1ª parte)

A mi izquierda una madre con retoño. Escultural ella, pero una escultura claramente tallada a golpe de bisturí, y bastante normal el pequeño. Era un bebe callado eso sí. Incluso mudo. Podría asegurar que nunca le había oído gimotear. A mi derecha un perro agotador. No paraba de ladrar al más mínimo movimiento. Tenía una cara atontada y siempre iba con la lengua fuera. Si te fijabas bien, se podría decir que tenia un ojo más alto que el otro y su boca dibujaba una especie de sonrisa permanente que era una mezcla entre sonrisa estúpida y maléfica. Un poco más allá una muchacha que bien se debía creer ser princesa, pero de otra galaxia. ¿A quién se le podía ocurrir llevar unas vestimentas tan estridentes y, sobre todo, tan brillantes? Y así me veía obligada a amanecer cada mañana. Pero hubo tiempos mejores. Tiempos en los que no había bisturís y las madres no estaban siliconadas. Tiempos en los que las muchachas eran tiernas y soñaban con princesas inocentes, y no vestían esos trajes ajustados, ni llevaban el pelo de mil colores. Perros, lamentablemente, siempre han habido. Y digo lamentablemente porque por muy simples y rasposos que sean siempre han arrancado ‘ohs’ y ‘ahs’ y mil comentarios cariñosos de la gente. Pero en esa época a la que ahora hago referencia, no había perro alguno. Era yo la que atraía todas las miradas. Mi larga melena pelirroja, casi siempre recogida en sendas trenzas a lado y lado de la cabeza, y mis pecas que parecían estratégicamente lanzadas sobre mis mejillas, acaparaban todos los elogios. Yo me sentía plenamente feliz. Por aquel entonces, ¡hasta tenía una cama para mí sola! ¡Ah, qué tiempos aquellos! Vivía tranquila y acostumbraba a tomar el té cada tarde. Me lo preparaba una linda muchacha, de nombre María. Ambas nos sentábamos en una pequeña mesa azul y charlábamos tranquilamente durante toda la tarde. Eran jornadas la mar de agradables. María a veces se entretenía en desenredar mi larga melena para luego volver a recogerla en trenzas perfectas. Yo la miraba y sonreía. No nos hacían falta las palabras para entendernos; nos hacíamos compañía mutuamente. Fue tal nuestra unión que no salíamos de casa la una sin la otra. Íbamos juntas al cine, de vacaciones, al parque o de excursión.
Pero un buen día apareció él, arrasando con mi placentera existencia. Aún hoy no logro saber porqué llegó tan contento. Vino de la feria. Pudo ser él como un san Bernardo con barril incluido. A veces se trata tan solo de una cuestión de azar. Pero sea como fuere, lo invadió todo con su estúpida lengua de trapo. Durante una temporada, larga, tuvimos que dormir en la misma cama. Eso, en sí mismo, ya me molestó sobremanera, pero la cosa empeoró aún más cuando vi que se sentaba con nosotras para compartir nuestras charlas vespertinas. Su lengua, siempre fuera; sus ojos alborotados y esos ladridos irritantes me amargaban la existencia. Yo intentaba poner buena cara, sobre todo al ver que mi compañera estaba extremadamente contenta con nuestro nuevo contertuliano. No la quise contrariar. Pasamos una larga temporada de coexistencia forzosa y amargos tés. Pero la situación, lejos de mejorar, dio aún un giro más retorcido. María acogió a una madre soltera con su hijo y a la que parecía ser su prima adolescente. Recuerdo perfectamente la tarde en la que nos las presentó. Llegaron en coche y lo aparcaron delante mismo de la puerta. Era un coche bastante bonito y moderno, de formas redondeadas. Pintado entero de color rosa. Yo estaba degustando mi habitual té con pastas y Boby, así se llamaba mi peludo compañero, estaba adormilado en la cama. Nada más llegar fueron invitadas a compartir mesa con nosotras.
Intercambiamos cuatro palabras pero poco más hablé con ellas. Tan puestas, tan preocupadas por ellas mismas que rápido se olvidaron de nuestra existencia.

Vinieron en exceso cargadas de bolsas y accesorios y nos vimos obligados a hacerles un hueco. Ellas eran nuevas y María quería que se sintieran como en casa, así que tuve la mala suerte de tener que mudarme al primer piso con mi ‘amigo’ el peludo.


Continuará...