domingo, 9 de diciembre de 2012

Con la A de Amapola

amapola


Le llamaban amapola por la delicadeza de su esencia. Era una muchacha menuda y callada que avanzaba por la vida dejando un halo de enigmática serenidad. Al igual que la flor no precisaba de grandes atenciones para destacar sobre el resto de féminas como un manto rojo sobre un campo de trigo seco. Su pelo corto y rojizo brillaba bajo la luz del sol y enmarcaba un rostro en extremo dulce y un tanto perturbador. Sus ojos marrones parecían mimetizarse con lo rayos solares adquiriendo un ligero tono amarillento y sus labios, siempre pintados de carmín intenso, dibujaban una tímida sonrisa que encandilaba al más sereno. Adolfo no era distinto al resto de los mortales y pronto sucumbió ante aquella hipnótica mujer a la que  no solo llamaban así por el color de su pelo. ¿Se imaginan ustedes que otra cosa podrían tener en común esa criatura y la mencionada flor? Ni más ni menos que unas curiosas propiedades sedantes y analgésicas. Aquello que ya griegos y romanos supieron descifrar y destinar para diversos fines lúdicos y médicos estaba a punto de vivirlo Adolfo en sus propias carnes. Corría el rumor de que un encuentro con nuestra peculiar protagonista era capaz de transmitir tal paz y tranquilidad que podía hacer desaparecer de la cabeza del más infiel cualquier atisbo de remordimiento y culpabilidad. Y así suspiraba Adolfo cada día por besar esos labios que le traían loco y por yacer con ese ser tan delicado que lo tenia completamente ensimismado. ¿Cómo seria besar a una amapola? Mil veces trató de imaginar ese momento y mi veces acabó desistiendo. Paseó por inmensos campos de amapolas y deslizó sus dedos por sus finos pétalos tratando de imaginar el roce de su delicada piel. Un buen día no pudo soportar más su desasosiego, y mintiendo a su mujer e hijos, salió desesperado a su encuentro. La localizó en el camino de tierra que iba desde la estación del tren hasta la plaza central. Ella lo miró fijamente a los ojos y él sintió una ligera punzada en su corazón, como un pequeño aguijón cargado de dulces opiáceos. No hicieron falta las palabras para que Adolfo se sintiera correspondido. Amapola lo estrechó entre sus brazos y él inhaló el magnético aroma de su pelo. La deseaba más que nunca pero una inusual calma se había apoderado de Adolfo. Se sentía capacitado para saborear ese momento sin prisas  y con absoluta concentración. Desaparecieron de su lado calles, casas, ruidos y personas. Solo ellos y el viento bajo un inmenso azul primaveral y los rayos del sol. Acercó su cara a esos labios encarnados que tanto había deseado y ambos se fundieron en un beso de amapola, dulce, salvaje, húmedo y apasionado. Perdió la noción del tiempo recorriendo cada uno de los centímetros de su piel y poco a poco sus músculos se destensaron, sus facciones se relajaron y se dejó envolver por un enorme pétalo aterciopelado que lo sumió en un sueño de lo más mágico y reparador.

Permanecía dormido en mitad del campo. Le despertó un ligero cosquilleo en la cara. Una tímida amapola agitada por el viento le rozaba la piel una y otra vez. Ni el propio Adolfo era capaz de recordar qué había pasado. Hacía tiempo que no se sentía tan descansado. Varios fueron los vecinos que lo vieron salir del campo al amanecer y pasó así a engrosar la leyenda de la mujer amapola que, a esas horas de la mañana, se desperezaba en su cama dispuesta un día más a brillar bajo la luz del sol.

Las amapolas no besan pensarán ustedes. Eso es porque nunca han acariciado sus pétalos en una mañana de mayo…


*Dedicado a Sue. ¡Gracias por tu palabra!

domingo, 18 de noviembre de 2012

Con la P de Plata



melena color plata
Su larga melena color plata, inusual en una mujer de su edad, lucía espléndida y repleta de la misma vitalidad que la llenaba por dentro. Le gustaba llevar el pelo suelto. ¡Los moños eran de vieja! No entendía cómo las jóvenes de hoy en día se empeñaban en recogerse la melena de mil y una maneras pudiendo lucir ese rasgo tan femenino. Habían sido tantos años de estricto ballet, de maillots apretados y cabello estirado, que ahora solo se sentía bien viviendo en general de manera holgada y libre. Se mesó el cabello deslizando sus largos y finos dedos. ¡Manos de bruja!, le decía su nieta, entre carcajadas, cada vez que la veía. Y ella se reía y se hacía la ofendida. Entonces le explicaba cuentos de brujas buenas donde esas manos fabricaban pócimas mágicas y la niña la escuchaba embelesada. Eran ciertamente unas manos huesudas y hasta cierto punto arrugadas, pero le resultaban entrañables y le recordaban con cariño a su madre y a su abuela, gran pianista esta última; ellas las habían lucido exactamente igual en aquella época donde las caras eran caras y no burlas de bisturí. Cogió su taza de café recién hecho y se dispuso a disfrutar una vez más de su lectura matutina. De repente la niebla bajó espesa desde las montañas y lo tiñó todo de un gris húmedo. 
niebla gris
Se puso su mantón de lana merina por los hombros y abrió el portalón de madera. Avanzó invisible entre la niebla, camuflada bajo su cabellera del mismo color. El aire gélido ni siquiera sonrojó sus mejillas. Se apresuró en recoger unas hierbas y troncos de madera antes de entrar de nuevo en la casona. Se sentó frente a la chimenea en una pequeña silla de madera que había pertenecido a su bisabuela y encendió el fuego. Los troncos comenzaron a gemir y ella colocó el puchero encima, dispuesta a elaborar un antiguo brebaje que requería de cierta paciencia y habilidad. María llegaría por la tarde y ella lo quería tener todo dispuesto para la llegada de su querida nieta. Dedicó una tierna sonrisa a Astrid, su vieja gata negra que se había enroscado en el sofá. Una vez más quedaría hipnotizada con el chisporrotear de los troncos.


*Esta palabra ha sido sugerida por Patxi. ¡Muchas Gracias!

sábado, 3 de noviembre de 2012

Con la C de Confitería

caramelos colores
Tras de mi la campanilla tintinea con el cierre de la puerta. Inmediatamente huelo esas maravillosas combinaciones de harina, huevo y azúcar que, una vez horneadas, lo inundan todo con su cálido y dulce aroma. Aspiro hondo mientras miles de coloridas bolas de caramelo me miran curiosas desde el recipiente de cristal que reposa en el mostrador de la entrada. Me llaman la atención tres bandejas verdes de cerámica dispuestas unas sobre otras en forma de árbol de Navidad. Me enseñan unas traviesas madalenas disfrazadas de nidos de pájaros, de flores imposibles y de tiernos animales. Tan esponjosas como apetitosas desprenden un envolvente olor a frutos rojos, nueces, piña colada y al chocolate más intenso. Detrás de ellas, al lado del horno, una cascada de miel cae sobre unos bollos recién hechos que, aún calientes, la absorben y se impregnan de su acaramelado sabor.
cupcakes
Trespometes

Corazones, estrellas, margaritas y tulipanes de azúcar se codean con las ostentosas vitrinas de pasteles de todos los sabores. Bizcochos de almendras con chocolate y leche de coco, deliciosas combinaciones de fresas y nata, pasteles de manzana con canela y suculentos roscones con fruta confitada imponen su autoridad y veteranía frente a nubes, cerezas, plátanos y moras de goma que se amontonan unos sobre otros formando una inmensa tarta de golosinas de cinco pisos que culmina con sendas piruletas de todos los colores.
Buñuelos de natas, crema, trufa y cabello de ángel se disputan los mejores puestos en el expositor refrigerado. Por encima de ellos sonríen las pequeñas mousses individuales que son verdaderas obras de arte a base de frutas tropicales, merengue, virutas de cacao y chocolate blanco. A su izquierda, una mesa de madera repleta de deliciosas y doradas roscas de hojaldre bañadas con yema que están pidiendo a gritos un baño en una buena taza de té o café.
Trespometes
Los bombones tienen un estante propio y no comparten su protagonismo con nadie. Envueltos por capas de vainilla, trufados con sabor a tofe, rellenos de jugoso albaricoque, con sabor a grosella negra o bañados con una mezcla  de café y el mejor wiski escocés. Esperan pacientes y en orden para poder llenar elaboradas cajas de cartón que les llevarán a hacer las delicias de los paladares más exigentes.
Tras de mi vuelve a sonar la campanilla mientras echo una última mirada a las bandejas de crujientes galletas en forma de abanico y a las pastas de té rellenas de delicadas mermeladas caseras. 


*Esta palabra ha sido sugerida por Patricia. ¡Muchas Gracias!

lunes, 15 de octubre de 2012

Con la L de Laberinto

laberinto
Hace ya bastante tiempo, yo habitaba en una pequeña aldea de montaña, a la que solo se podía acceder por una serpenteante carretera que ascendía durante más de diez kilómetros desde el núcleo urbano más cercano. Sus fundadores, gente brava y emprendedora, levantaron con sus propias manos once casas que, unidas a una más que destacable plaza central, recibieron el nombre de Aldeanueva del Alto Estrecho, en honor al angosto pero increible paisaje que les acojía. Mi madre me parió allí y allí me crie durante aproximadamente siete años. Desde pequeño anduve merodeando por aquellas tierras con mis tres hermanos, viendo a los aldeanos ir y venir del campo y sufriendo grandes apuros durante el crudo invierno que allí azotaba. No conocí otro cobijo que el pajar en el que nos acurrucábamos en busca de calor y donde nos alimentábamos con los manjares que algún bendito vecino nos dejaba en la puerta. Desconozco quien fue mi padre pero no debió ser éste un mal ejemplar puesto que siempre me han tildado de ser listo y hermoso como mi progenitor. Los años pasaron por aquellos verdes y espesos parajes y la aldea comenzó a menguar de manera alarmante. Me explicó mi madre que la falta de recursos y las pocas posibilidades de trabajo habían hecho que, uno a uno, los habitantes más jóvenes del lugar fueran desfilando hacia pueblos y ciudades cercanas. Nosotros permanecimos allí, fieles a nuestras raíces, al igual que los más ancianos, aquellos que casi se habían mimetizado con el lugar. Pero el carácter de nuestra gente se fue agriando ante la impotencia de ver como su adorada aldea se convertía en un difuso reflejo de lo que fue. Un buen día, recuerdo estar yo en la entrada del pueblo, husmeando entre los arbustos y siguiendo la pista de algún jabalí cuando lo vi llegar. Era un hombre alto y delgado que cargaba una inmensa mochila a sus espaldas. Su rostro enrojecido y sudado por el esfuerzo de la subida, albergaba unos inmensos ojos que, atónitos, observaban incrédulo la belleza del lugar. Paró justo a mi lado y me acarició la cabeza mientras me ofrecía un trozo de galleta. Me cayó bien aquel hombre y decidí seguirlo hasta la plaza del pueblo donde se encontró con don Jaime, el alcalde. Éste le convidó a unos tragos de vino en su casa y hablaron largo y tendido sobre los orígenes y la hermosura del lugar. Lo sé porque permanecí en la puerta escuchando, escondido tras las cortinas. En mi defensa debo alegar que poca cosa más se podía hacer por aquel entonces para distraerse. El forastero se instaló en casa de don Jaime, dispuesto a disfrutar unos días de todo aquello. Pasaron juntos muchas horas, bebieron muchos vasos de vino y, al cabo de cinco días, el alcalde aseguró, junto a la fuente de la plaza, que la vida en la aldea iba a cambiar de forma fortuita. En los días venideros fueron muchos los mozos que subieron, alentados por la mano de obra que allí se precisaba. Rápido se pusieron a trabajar a las órdenes del forastero, el señor Bartolomé que resultó ser un arquitecto de renombre y una eminencia en el campo de las matemáticas. Pasaron jornadas sudando bajo el sol de verano, azotados por las lluvias otoñales y sufriendo las ventiscas del crudo invierno. Bartolomé dibujaba planos, hacía números y daba órdenes al resto, que contagiados por su energía, se limitaban a obedecer. Yo me sentaba a diario en la entrada de aquel extraño lugar que se habían empeñado en construir y los veía cavar la tierra, plantar arbustos y levantar muros de piedra. Al mediodía, me acercaba a ellos y, con suerte, me llevaba algún trozo de bocadillo al estómago. Pero nunca me dejaron entrar al recinto mientras estuvo éste en construcción. Finalmente llegó el día de la gran inauguración. La noticia había corrido como la pólvora y una pequeña multitud se agolpó temprano, alrededor de aquel nuevo e insólito espacio. Los ojos expectantes de los lugareños se clavaban en don Jaime quien, ufano y luciendo sus mejores galas, cortó la cinta roja y dio por inaugurado el Laberinto de Aldeanueva del Alto Estrecho no sin antes advertir que les resultaría muy fácil entrar y muy difícil el poder salir. Estas palabras generaron aún mayor expectación entre el público, pues de todos es conocida esa fascinación humana por superar retos imposibles. Entre gritos y alborotos, grandes y pequeños, padres e hijos comenzaron a entrar como moscas en un tarro de miel. Yo me quedé en la puerta, esperando, dispuesto a observar las reacciones a su salida. Pero no observé absolutamente nada porque las horas se esfumaron, el sol dejó paso a la luna y yo permanecí solo mientras la noche caía sobre la aldea. A la mañana siguiente regresé temprano y del mismo modo procedí durante los siete días que estaban por venir. La fama de aquel laberinto imposible se extendió por varios kilómetros a la redonda, y los curiosos seguían llegando y adentrándose dispuestos a ser los primeros en conseguir la supuesta gran hazaña de volver a salir por el mismo lugar por el que acababan de entrar. Nunca entendí aquella rivalidad humana, esas ansias, aquel afán por superar cosas ridículas. Llegó el séptimo día y decidí entrar, en parte guiado por mi curiosidad y en parte en busca de aquellas manos que siempre antes nos habían procurado algún que otro alimento. Comencé a recorrer el entramado de calles dispuestas durante todo un año por los mozos que estuvieron a las órdenes del señor Bartolomé y en más de una ocasión acabé dándome de bruces contra setos y paredes que emergían en mitad del camino sin ningún sentido aparente. Desde mi canino punto de vista, me pareció todo de lo más absurdo. Caminé largo rato. Finalmente, gracias a mis instintos más básicos y sobretodo a mi buen olfato, pude dar con lo que parecía ser una plaza central (como si no tuviéramos ya una plaza en el pueblo) donde encontré a todos los paisanos discutiendo entre si, tratando de recrear su propio poblado dentro de aquella inmensa encrucijada. Parecían haber abandonado la posibilidad de salir y ahora centraban toda su energía en levantar de nuevo un gran lugar en el que vivir. Ladré y me hice ver; intenté que me siguieran con todas mis fuerzas pero ni uno solo de ellos hizo caso a un pobre perro ignorante y sin collar. Ni siquiera don Bartolome quien, contento como el primer dia que le vi, estaba ya enfrascado en dirigir las nuevas obras. Con relativa facilidad y mucha paciencia di de nuevo con la salida y rápidamente me acerqué a nuestro pajar en busca de mi familia. Y así fue como dejamos atrás la aldea más pequeña que albergó el laberinto más grande jamas contruido, lleno de humanos perdidos en su propia locura; habían olvidado de donde procedían y eso ya no era algo que les importara en demasía.

domingo, 7 de octubre de 2012

Con la S de Silencio

silencio

Doña Mercedes agarraba la mano de su nieta fuertemente antes de cruzar cualquier calle. Estaba acostumbrada a ver a los chiquillos correr alegremente, arriba y abajo, por las tranquilas calles y plazas de su pueblo natal, pero allí, en la gran cuidad, entre automóviles que no respetaban nada, extraños transeúntes, el ruido de cláxones furiosos y enormes máquinas que taladraban el suelo sin cesar, se le antojaba un peligro y casi un pecado dejar suelta a una criatura inocente como lo era su nieta Inés. Ésta se dejaba hacer y en cada parada, mientras el semáforo permanecía en color rojo, se dedicaba a observar concienzudamente cada una de las venas que sobresalían de la huesuda mano de su abuela. ¡Manos de bruja!, le decía entonces entre carcajadas, y doña Mercedes se reía y se hacía la ofendida. Eran ciertamente unas manos escuálidas y hasta cierto punto arrugadas, pero le resultaban entrañables y le recordaban con cariño a su madre y a su abuela, gran pianista esta última; ellas las habían lucido exactamente igual en aquella época donde las caras eran caras y no burlas de bisturí. Aquel día se dirigían hacia el colmado para comprar harina y media docena de huevos con los que preparar una suculenta tarta, que haría, una vez más, las delicias de Inés. Avanzaron juntas un par de calles, sin hablar, porque doña Mercedes quería permanecer atenta a todos los peligros que pudieran acecharlas. Le parecía absolutamente inverosímil que a la gente le gustara vivir rodeada de todo aquel bullicio y griterío. De repente, Inés se sintió atraída por un pequeño cachorro de perro dálmata que le miraba desde el otro lado de la calle.
cachorro dalmata
Tenía una gran mancha negra que le cubría la mitad izquierda de su cabeza, mientras que en la otra mitad, resaltaba un redondo ojo negro sobre el pelaje blanco. Sin pensárselo dos veces, arrancó a correr hacia el dulce perrito, ajena a peligros y al susto que su abuela pudiera padecer. Tuvo suerte la inocente criatura pues no pasó ningún coche en aquel momento, mas no así su abnegada y precavida abuela, cuyo corazón no pudo soportar tamaño susto. Mientras Inés jugaba con el animal y se dejaba lamer, la escena se teñía de la más amarga de las tragedias y, en absoluto silencio, ella se desvanecía en la acera, víctima de un infarto.


*Esta palabra ha sido sugerida por @Tanitart. ¡Muchas gracias!
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jueves, 6 de septiembre de 2012

Con la A de Aroma


Aquellos pequeños ojos, oscuros y perfectamente redondos, me miraban con absoluta devoción. Yo me sentía importante y me dejaba tocar sin rechistar. Sus manos, suaves y aterciopeladas, me masajeaban sin descanso. Ella se había encaramado a un tronco de madera, pulido y barnizado, que hacía las veces de taburete. Tal era el entusiasmo de la pequeña criatura, que permití que ésta me untara con un líquido pegajoso que, me aseguró, iba a dejarme un tono mucho más dorado y brillante. No me importó que me pusiera unos cuernos bien grandes. Los cuernos era con diferencia lo que más le gustaba a Enma. Supe que se acercaba el momento de la sauna. Ella abrió la puerta y el calor comenzó a escapar y a llenar la habitación de una sensación muy agradable. Yo esperaba pacientemente. Desde mi posición veía la campiña por la ventana. Acababa de llover y un tímido arco iris caía del cielo y se apoyaba al fondo, encima de las últimas amapolas de la temporada. Enma me acompañó hasta el pequeño habitáculo, me acomodó dentro y cerró la puerta. Yo observaba su carita a través de la puerta acristalada. Su expectación era máxima. Arrastró una silla desde la mesa de la cocina y se sentó frente a mí a esperar. Sus piececitos no llegaban al suelo y se balanceaban nerviosos hacia delante y hacia atrás. Casi no pestañeaba.

-Enma no hace falta que estés ahí sentada-, dijo su madre mientras limpiaba todo lo que ella había esparcido para la ocasión. –Ya te avisaré yo cuando esté listo-.

-¡No! Aquí estoy bien. ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!-, gritó con su cantarina voz infantil.

Decidí hacer su espera más llevadera y lo impregné todo con mi irresistible aroma a croissant recién hecho.

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